Amanecer en Melilla (by Kichouh)

¿Te gustaría disfrutar del mejor amanecer en Melilla? Pues nuestro amigo Kichouh melillense y enamorado de la ciudad nos cuenta de primera mano donde descubrirlo…
Amanecer en Melilla

¿Te gustaría disfrutar del mejor amanecer en Melilla?

Pues nuestro amigo Kichouh melillense y enamorado de la ciudad nos cuenta de primera mano donde descubrirlo…

AMANECER EN MELILLA

Este artículo ha surgido como otras muchas cosas en la vida: sin pretenderlo. Ha sido fruto de la conjunción de un propósito tras el confinamiento, de la imposibilidad de poder seguir haciendo senderismo por Marruecos y de la necesidad de compartir con usted la belleza que mis ojos captaron durante estos últimos meses.

Desde la oscuridad de los tiempos, el hombre ha necesitado entender, explicar lo que pasaba a su alrededor. Una de las herramientas puestas en juego fue la magia, que se basa en la creencia de que existe una conexión sobrenatural entre el hombre y el mundo que le circunda, una conexión que puede ser dominada y utilizada a voluntad. Y me atrevo a establecer un símil entre estos ancestrales ritos y lo que ocurre entre Melilla y mi persona. Esta magia que yo percibo en ocasiones es el resultado de la sobreabundancia a la que se ven sometidos nuestros ojos con el sol, el mar y el cielo de nuestra tierra. Pero no pretendo usar esta magia en mi beneficio, sino solo compartirla con quien se detenga a leer esto.

Hay momentos y lugares mágicos, y he tenido la suerte de poder gozar de ambos simultáneamente, al alba, en una serie de instantáneas que han creado en mí una serie de sentimientos únicos, porque un amanecer en Melilla no es uno cualquiera. Me dispongo a convencerle de ello, querido lector, y por eso me gustaría hacerle recorrer los lugares más idílicos para observar la aurora en este rinconcito de España en África.

Tras los meses de confinamiento, se podría decir que todos hemos renacido de un modo u otro. Durante aquel “encierro”, una de las promesas que me hice fue acudir a mi cita con el amanecer todas las veces posibles e intentar recuperar el tiempo perdido (y, de camino, practicar algo de deporte). Y eso hice, contemplar y disfrutar del amanecer en el paseo marítimo de nuestra ciudad, el lugar más común para observar esta maravilla diaria. Esta promesa se convirtió en rutina, que evolucionó a su vez hasta convertirse en un objetivo: el intentar ver el amanecer desde diferentes puntos de Melilla. Con ello he aprendido cómo lo mismo puede convertirse en diferente, en mejor, pues empecé por la corona y terminé, sin pretenderlo ni esperarlo, en la joya de la corona. La secuencia de escenarios fue la siguiente:

– El amanecer más común se ubica en el paseo marítimo, y hacia allá me dirigí en un principio. Desde allí se puede contemplar un cegador amanecer, cuyo fulgor solo puede ser esquivado volviendo la mirada hacia Melilla la Vieja, nuestra ciudadela amurallada de la que nos sentimos orgullosos.

– Después de un tiempo, mi destino empezó a ser la playa de Horcas Coloradas. El encanto de este lugar reside en que puedes observar el retorno de los barcos pesqueros, escoltados por las gaviotas, hasta el puerto. Debo reconocer que la magia de estos amaneceres se vio incrementada por la compañía de la que gozaba mientras los contemplaba.

– La magia en Melilla se siente y se respira en Aguadú, y aquel fue mi tercer destino. Es un lugar con un encanto tan especial, que convierte hasta el mar más furioso y bravío a causa del levante, en algo bello, envolvente, hipnotizante.

– Tras varias semanas buscando el lugar más idílico y mágico para contemplar el amanecer, me topé con una de las instantáneas más representativas de Melilla: “El Faro del Pueblo”. Ahí pude contemplar desde otro ángulo la magia del amanecer, mecido por el vaivén incansable de las olas y rendido a la sinfonía de graznidos que me regalaban las gaviotas mientras acompañaban a las olas en un baile que siempre termina muriendo en las rocas. Aun así, no quedé satisfecho.

– Fue, por fin, en agosto cuando supe que la magia definitiva del alba vive en la joya de la corona: La Cala de Trápana. Allí, el silencio acompañado del susurro de la brisa, los azules y verdes de un mar al que parecía que el sol pedía permiso para asomarse y mis amigas las gaviotas a lo lejos, se confabularon para hacerme vivir un momento realmente mágico. Consiguieron hacerme despertar como nunca hasta ese momento y afrontar el día lleno de una renovada energía, porque “si un amanecer o atardecer no nos provoca ninguna emoción, significa que el alma está enferma”, dijo Roberto Gervaso.

Recapitulando: en Aguadú, el amanecer me hizo sentir, en Melilla la Vieja y el Faro me hizo contemplar y en la Cala de Trápana el alba me hizo vivir la magia de un amanecer en Melilla, una magia que a veces me parece adivinar reflejada en los ojos de sus habitantes cuando me los cruzo por la calle. Porque estoy seguro de que un amanecer en cualquier parte del mundo será un bello amanecer, pero no será tan mágico como aquí.

Autor: Kichouh

Fotografía: Antonio Espinola.

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